14 de julio de 2011

Literatura de la buena







Entender no es lo importante

A la hora de recomendar un libro, lo más importante para mí es tener en cuenta a quién se lo recomiendo. Recomendar al aire por ahí es tarea de críticos, no de amigos. Hecha esta salvedad, e imaginando que tengo enfrente a un amigo de esos con los que comparto gustos literarios, hoy le recomendaría Solaris, de Stanislaw Lem. Hace no mucho me encontré con esta novela y me maravilló muchas veces. Me maravilló primero porque es de esas historias que desde el principio sujetan al lector del cogote y no lo sueltan hasta último momento. Pero también porque uno, apenas la termina, la sigue repasando, como si hubiera muchas Solaris que se nos siembran mientras leemos la primera, y cuando cerramos el libro las otras emergen para adulterar nuestras certezas.  
Solaris es una novela de ciencia ficción: en un futuro indeterminado, varios científicos viajan a un planeta lejano para estudiarlo. Un mar indescifrable lo cubre por completo: un mar que está vivo, que es el único habitante de ese planeta. Y los hombres son tal vez para él como bacterias. Cuesta determinar si ese mar comprende que los científicos están ahí, si los afecta adrede con recursos extrañísimos como resucitar a sus muertos. Ese planeta es Solaris y ya desde el título la novela nos dice que Solaris es todo y también es un misterio. Un lugar regido por leyes complejas o mágicas, leyes que superan a los personajes y también al lector. Y ahí reside uno de los trucos que esta novela desplegó hasta fascinarme: me llevó al punto de naturalizar la idea de que domesticar al mundo mediante su estudio es un recurso frágil. 
Por eso, a medida que como lector me adentré en Solaris, entender dejó de ser importante: lo importante fue zambullirme en la consciencia de que intentando entender no vamos a ningún lado. Como lector compartí las incógnitas y los miedos de los personajes, me rendí a la angustia de aceptar el naufragio como destino.
Sí, Solaris es una novela de ciencia ficción. Pero como las buenas novelas de ciencia ficción, no es sólo eso. Poco a poco, la novela se carga de tensión metafísica. O lo carga al lector. Porque no es un libro que despliega un muestrario de pintorescas preocupaciones trascendentales. En absoluto. Es un libro que nos inyecta preguntas y sospechas, a veces hasta intuiciones. Y cuando uno lo termina está contento, porque esa historia que lo agarró del cogote al inicio lo dejó pipón al final: nada de propuestas que acaban rengueando. Pero más allá de eso, cuando la historia se clausuró y uno devolvió el libro a la biblioteca, las preguntas y las sospechas y a veces hasta las intuiciones se siguen multiplicando. Y es como un libro que no termina nunca.

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