24 de septiembre de 2011

Suicidio asistido


     Harto de amanecer en una oficina gris y de atravesar el día rodeado de hombres descoloridos, cansado de soportar a dos hijos que no había querido querer antes de engendrar ni aprendió a querer después, agotado de una esposa sin imaginación ni más voluntad que la de desoír sus deseos y obedecer mandatos, Aristóbulo Aristiboldi se planteó muy seriamente, al cumplir cuarenta años, morir. Hombre paciente y metódico, leyó cuanto pudo al respecto. Maneras de suicidarse había decenas; infalible, ninguna. Por cada persona que se quita la vida, al menos veinte han intentado hacerlo. Una perspectiva francamente desoladora.
     No supo si felicitarse por la investigación, que sin duda le ahorraría el riesgo de sobrellevar un penoso fracaso, o si maldecirse por ella, que le arrebataba la posibilidad de sentirse, aunque fuera por un segundo, el dueño de su vida.
     En todo caso, se dijo Aristóbulo, hay que reflexionar sobre el tema.
     Así es como durante varios meses continúo harto de amanecer en una oficina gris y de atravesar el día rodeado de hombres descoloridos, cansado de soportar a dos hijos que no había querido querer antes de engendrar ni que aprendió a querer después, agotado de una esposa sin imaginación ni más voluntad que de la desoír sus deseos y obedecer mandatos. Hasta que descubrió que ese era, sin duda, un modo eficaz de suicidarse. Lento, sí; doloroso, también. Pero, sobre todo, eficaz. Al fin y al cabo, solo una seguridad tenía: nadie podía sobrevivir a una vida como aquella.

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