28 de octubre de 2011

Intrusos

     Esa tarde sintió algo extraño al verla. Como si no fuera ella. Sin embargo se movía por la casa con tanta naturalidad, lo miraba con una ternura que a él le parecía tan difícil impostar, que optó por el silencio. La vigilaría de cerca, le haría creer que lo había engañado. Fingiría una convivencia sin sospecha.
     Han pasado ya tantos años de aquella tarde. Ahora él sabe que no es su esposa. Hay detalles que a un hombre despierto no lo toman desprevenido: la toz seca a la mañana temprano, las cosquillas en el costado izquierdo –un poquito abajo del pecho–, la pasión por el chocolate amargo. Y la forma de mirar: con esa complicidad lejana, como si a ella también le hubieran cambiado el marido, como si pudiera entenderlo, como si le doliera esa distancia leve aunque infranqueable que desde hace años los separa.
     En el fondo, él siente pena por ella. Le atormenta creer que ha irrumpido en su vida para ocupar el lugar de otro. Hace años que, a causa de esta sensación, le cuesta conciliar el sueño.  

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