12 de diciembre de 2011

Premios y castigos

    
Durruti leyó el informe despacio, zumbando cada frase. Ordoñez permanecía rígido frente a su escritorio. Esperaba la aprobación de su jefe, aunque se preparó para lo peor: sabía que él era tan impredecible como exigente.
Apenas terminó la lectura, Durruti dejó la carpeta junto a la computadora, hizo una pausa bastante teatral mientras jugueteaba con el bolígrafo y, finalmente, sentenció:
–Ordoñez, de verdad, casi que me veo obligado a mandarlo bien a la mierda.
Él obedeció de inmediato por esa debilidad de carácter que muchos confundían con obsecuencia, pero también porque la propuesta le pareció encantadora. Y mientras volaba en la dirección sugerida por su jefe, con una sonrisa que le cruzaba la cara, adivinó la envidia de las otras moscas que debían seguir en la oficina hasta las seis en punto.

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