19 de enero de 2012

Entrevista en Pliego Suelto

Los amigos de la revista literaria Pliego Suelto me hicieron una entrevista que acaban de publicar en su número de enero, dedicado a "literatura y religión" (un marco muy adecuado para charlar sobre mis historias, ciertamente). La entrevista pueden leerla al final de la revista, a partir de la página 28. La transcribo también aquí abajo...


En La peste peor (2007) se plantea el concepto de la azarocracia. ¿La idea surge como elemento argumental o ejercicio de la ironía?
Las dos, sin duda. Considero que cualquier elemento que se introduzca en una novela, ya sea un ejercicio de la ironía o un intento de reflexión o una propuesta estética o filosófica o un recurso para hacer reír o angustiar, cualquier elemento, debe estar integrado orgánicamente al argumento. Es decir que no podría hacer esa división: el argumento va creciendo a medida que uno, como autor, va encontrando distintos caminos por los que transitar. Este ejercicio de la ironía surge del argumento, y al mismo tiempo el argumento surge de ese ejercicio.
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¿La peste peor se puede circunscribir a los cánones del surrealismo, literatura fantástica o realismo mágico?
Toma algo de cada uno, creo. Tiene elementos del surrealismo, tiene elementos fantásticos o cuasi fantásticos, y hay una influencia del realismo mágico, sin duda. Pero también tiene mucho del absurdo y del humor, y diría que también de la ficción política.
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El nombre del lugar de los hechos, Vilcabamba, remite al último refugio de los incas. ¿Tiene alguna relación con la cultura incaica? 
Bueno, el nombre de Vilcabamba aparece por el lugar en dónde empecé a concebir esta historia: el pueblo de Vilcabamba, en Ecuador. Se dice que sus habitantes alcanzan una longevidad exagerada, y uno de los ejes de la novela es ese: que en el pueblo la gente ha dejado de morir. Pero nunca pretendí proponer ningún tipo de vínculo entre la trama y el fin de la civilización incaica.
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En tu novela Burocracia (2009), ¿la presencia de “los portales” –aquellos aparatos que emiten diálogos  entre los ciudadanos-  es una metáfora sobre las redes sociales?
La verdad es que nunca lo pensé así. De hecho esos portales tampoco se definen en la novela como “aparatos”. No tienen una explicación racional, son algo así como un exabrupto de la naturaleza. Sin embargo sí es verdad que me interesaba especialmente partir de esa obsesión que muchos servicios de inteligencia tienen por interceptar el contenido de los correos electrónicos –y otras formas de comunicación y expresión existentes en la web– en busca de potenciales riesgos. Pero me despertaba curiosidad la idea de invertir los términos. Este no es un Estado que se esfuerza por articular formas de vigilancia, sino uno que se encuentra, de un día para otro, con una herramienta que le permite hacerlo. Y por supuesto, se ve tentado a utilizarla, aunque no la comprenda.  
¿La ciudad sin nombre de unos 50 millones de habitantes y escenario de la novela es una alusión a Buenos Aires?
Esa ciudad tiene muchos elementos que la vinculan con Buenos Aires, claro. Empezando por la variante del castellano que se habla, y tal vez también el modo en que sus habitantes “interpretan” la política. Pero tiene elementos también de Madrid y de Barcelona. Sobre todo porque escribí la novela a mitad de camino entre estas dos, y Buenos Aires siempre está presente. Pero también me interesaba ubicar la novela en un lugar indeterminado, para reforzar lo indeterminado del tiempo en que ocurre. La historia no se ubica en el pasado ni en el futuro, tampoco en el presente, claro. Sería algo así como un tiempo alternativo, y me pareció que ese tiempo alternativo necesitaba un lugar alternativo. 
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¿Qué situaciones reales o ficcionales te han llevado a plasmar una atmosfera llena de personajes anclados en la depresión y la monotonía crónica?
Bueno, la situación de consumo compulsivo que vivió España durante tanto tiempo, para mí, siempre tuvo algo de esas falsas alegrías que contienen una depresión latente. Supongo que vivir en ese contexto, intuir la tristeza tan grande que las rebajas maquillaban, de alguna manera me marcó un camino.
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Tras ganar el Premio Joven 2009 Narrativa de la Universidad Complutense de Madrid con Burocracia el jurado coincidió en que “es la novela que podría haber escrito George Orwell, Franz Kafka  o Jorge Luis Borges”. ¿Cuál es tu comentario al respecto?
No sé muy bien por dónde apareció esa frase, pero en todo caso me parece bastante injusto para con estos tres monstruos. Y también muy difícil para mí de sostener; o más bien imposible. Sí, por supuesto: estos tres autores me han influenciado mucho. Yo creo que beber de buenas fuentes significa un buen principio para cualquier autor, pero un buen principio no representa ni la centésima parte del camino. Son muy pocos los autores que logran estar a la altura de sus influencias. Visto desde este punto de vista, la frase me parece –siendo prudente– desmesurada. 
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En clave metafórica, ¿Las historias de Burocracia y de La peste peor son “exabruptos descomunales de Dios”? ¿Cuál es tu concepto de Dios?
Este es un tema complicado. Nadie puede afirmar que Dios exista, pero tampoco negarlo. Sí: existe la posibilidad de que Dios exista. Sin embargo, teniendo en cuenta que los documentos más confiables que lo describen son obras de ficción, cualquier Dios imaginable es posible. Por supuesto, también lo es uno inimaginable o ninguno. En este sentido, uno podría proponer que, por ejemplo, Rajoy es Dios. O que Dios es una reproducción fiel de Rajoy. El problema es que como según la bibliografía disponible sus designios son inescrutables, la tentación de demostrar con la lógica –o la intuición– humana que Rajoy no es Dios estaría destinada, irremediablemente, al fracaso. Digo esto de que Rajoy podría ser Dios de la misma manera que Dios podrías ser vos o yo o un ser altísimo y de pies peludos que viva en Trenque Lauquen o una entidad gaseosa e inodora con acento croata. Pero de todas estas alternativas, claramente la de pensar que Rajoy podría ser Dios me parece la más triste. Por ese motivo no reflexiono mucho al respecto, a no ser que sea en el marco de la ficción, con un fin estrictamente lúdico.
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¿Cómo observas el panorama de la novela negra en el ámbito hispánico?
No soy muy lector de literatura contemporánea –o por lo menos de literatura tan contemporánea–, y mucho menos de novela negra. La verdad, no tengo ni idea.
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¿Has encontrado una nueva veta en los microrrelatos o es un género que cultivas desde tus inicios?
Empecé a escribir microrrelatos hace unos tres o cuatro años. Escribía novela desde mucho antes. La verdad, empecé un poco como un juego. Es un género que me parecía atractivo para desarrollar ficción en un blog. Pero muy rápido me sedujo. Por un lado, me fascina eso de poder contar una historia en diez o cinco líneas (incluso hasta en una sola). Y también me parece un excelente entrenamiento: es un género en el que uno toma consciencia del valor que tiene cada palabra en un texto.
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Nos podrías contar tu experiencia de impartir talleres dedicados a este género en Barcelona.
Es muy gratificante. Primero porque muchas personas que se dedican a escribir cuento o novela –y también poesía– por ahí miran al microrrelato con cierto recelo. Y está bueno ver que esas personas, cuando superan sus prejuicios y encaran el género, suelen fascinarse. Pero también porque muchos asistentes a los cursos no son escritores, sino lectores que se le animan al género por considerarlo más “abordable”. Por supuesto, escribir un buen texto siempre es difícil, así sea de cincuenta palabras o de cincuenta mil. En este último caso, el prejuicio sobre “lo fácil que es escribir microrrelatos” ayuda a que quienes quieren escribir y no se han atrevido a hacerlo lo intenten. Y por supuesto, participar de un taller de cualquier género –ya sea como asistente o coordinador–, lo obliga a uno a pensar más rigurosamente ese género, y la literatura en general. Y eso sin duda repercute de forma positiva en la propia producción.
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En tu microrrelato, "El relojero manco" escribes: "La narración es un mecanismo de relojería". Podrías explicarnos un poco más tu idea. ¿Crees en la perfección literaria?
Vamos por partes: eso lo dice el personaje. Mucha gente considera a un texto como a un mecanismo, y este micro parte de esa idea, que no necesariamente yo comparto. De hecho, no creo ni por asomo en la perfección literaria. Ni siquiera en la perfección a secas. Un texto es propuesto por el autor, pero completado por el lector. Es decir que no me parece que un texto pueda ser perfecto, porque eso implicaría que no necesita al lector. Sí creo que los textos tienen leyes internas –no digo leyes generales, cada texto construye sus propias leyes, cada texto es un universo–. Me parece que el trabajo del autor es hacer lo posible por entender esas leyes, ordenar los elementos que lo componen y quitar lo prescindible. En todo caso, me resulta más interesante ver a un texto como a un organismo que como a un mecanismo. Un organismo que muta a lo largo del tiempo –según qué lecturas lo completen–, que necesariamente debe estar equilibrado aunque siempre guarda misterios. 
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En muchos microrrelatos, se percibe una temática común: el suicido, la muerte. ¿Por qué esta elección?
La idea del suicidio siempre me atrajo, no sólo en los micros. En Burocracia es un elemento fundamental, y en La peste peor aparece también en un momento clave. Creo que es algo que le pasa a muchos escritores, ¿no? Esa idea de que alguien pueda desafiar el instinto más básico, que es el de supervivencia. Hasta en los contextos más extremos, la mayoría de la gente tiende a elegir vivir. Sin embargo hay personas que se arrojan hacia la muerte. ¿Por qué alguien elige hacerlo? ¿Cuál es la motivación para apurar lo inevitable? Estas preguntas me inquietan, y por eso esta temática resulta más o menos recurrente en mis textos. Pero no tengo una respuesta más precisa que esa.
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Por otro lado, también predomina la presencia del color gris. ¿Se trata de una metáfora del interior de los seres a los cuales das vida? ¿De un aviso para el lector de que se va a desembocar en la muerte?
No creo que todo lo gris desemboque en la muerte. Bueno, todo desemboca en la muerte, pero quiero decir que esa idea de lo gris no es utilizada por mí como un vaticinio. De hecho lo gris muchas veces implica un amesetamiento, y la muerte, más que idea de estancamiento me genera cierto vértigo. Son pocos quienes rompen con lo gris, tanto para buscar colores como para buscar una huida desesperada. Supongo que lo gris no representa sólo la tristeza o la tragedia. Ciertas euforias o exaltaciones son muy grises. Por ejemplo esas alegrías desmesuradas que llevan a muchas personas a festejar cuando un multimillonario en pantalones cortos mete un gol. La alegría ante el gol me parece más o menos legítima, pero esa idea de que el gol lo hizo un multimillonario me desasosiega. Y más si tenemos en cuenta que ese multimillonario lo es gracias al dinero que alguna gran empresa debe lavar. Y más aún si ese tipo que acaba de gritar el gol trabaja para esa gran empresa por un sueldo miserable, y necesita de esa alegría para, justamente, no deprimirse por lo miserable de su sueldo. Bueno, ese es un tipo de alegría un poco gris, también.
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Varias veces encontramos un nombre topográfico un tanto extraño: Durañoña. ¿Qué es Durañoña? ¿Dónde se encuentra?
Ah, Durañona. Yo nunca estuve ahí, la verdad. Aunque leí bastante sobre esa isla. Siempre me llamó la atención, sobre todo, la forma en que su sociedad se organiza. Eso de las siete clases sociales y los sorteos que el Estado lleva a cabo para promover la movilidad social. Y también su religión bipartidista o la práctica del empastillamiento con dedal, tal vez un poco bárbara para nuestro gusto aunque muy extendida allí. En fin, me resulta un lugar muy curioso, pero no sé exactamente dónde se encuentra. Y lo poco que sé de él me genera más desconcierto que otra cosa.
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Cultivas dos géneros narrativos de extensión totalmente antagónica. ¿Qué te aporta cada género? ¿En cuál de los dos te sientes más cómodo?
En los dos me siento igual de cómodo. De hecho también escribo relatos y tengo un par de novelas breves inéditas, es decir que también me interesan los géneros de extensiones intermedias. Creo que cada historia pide una extensión determinada, un estilo, un ritmo. Y básicamente lo que me interesa es la narrativa.
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Para acabar, ¿qué proyectos tienes entre manos?  
Hace muy poquito terminé una novela llamada Cuarentena que es algo así como una mezcla entre política ficción, economía ficción (si es que este género existe), intriga psicológica y ciencia ficción. También tengo prácticamente terminadas una novela llamada Treinta y seis metros que cuenta una historia muy chiquita, de un tipo agobiado por su rutina que, sin proponérselo del todo, empieza a llevar adelante una doble vida un tanto atípica y una nouvelle llamada Palazos al aire, que se sostiene más que nada en el absurdo. Y ahora mismo estoy poniendo a punto un cuento para una antología sobre textos de escritores americanos que escriben desde España. Y cada tanto, claro, algún micro para el blog de La Morsa a la Deriva también cae.