22 de julio de 2012

Novísima relación. Narrativa amerispánica actual



Hace unos días recibí un ejemplar de Novísima relación. Narrativa amerispánica actual, en el que Daniel Mesa Gancedo compila textos de distintos autores de América, que han escrito desde España. Uno de mis cuentos, «El viejo», ha sido incluido en el libro, lo que significa para mí el  privilegio de ver mi nombre entre los de escritores como Fernando Iwasaki, Marcelo Luján, Jorge Eduardo Benavides o Daniela Tarazona, sólo por citar algunos. Todo un lujo.  






El viejo

Es su forma de mirar, madurada en la impotencia y el rencor, lo que desespera a Iván. Es su forma de mirar y la respiración asmática. Como si debiera forzar cada bocanada, como si sus pulmones necesitaran de la vehemencia para seguir bombeando. La misma vehemencia que en su juventud persiguió causas más patrióticas que la de mantenerse con vida.
Y es el olor a viejo, también. A viejo sucio.
A orines de viejo.
A viejo cagado.
Es la forma de mirar y la respiración vehemente y su olor. Pero no es sólo eso. Es lo que se guarda. Son sus gruñidos.
Esos gruñidos que le tensan las arrugas y el cuerpo. Porque el viejo gruñe con todo el cuerpo: presiona las manos contra los apoyabrazos, aprieta la quijada, levanta el lomo. Llora.
Bueno, llorar no. El viejo no sabe llorar, de eso Iván está seguro. Apenas se le escapa una lágrima, hija del esfuerzo de gruñir, por su ojo derecho.
Parece joda, piensa Iván, pero el viejo apenas si lagrimea por odio. Y sólo por el ojo derecho. Parece joda, pero no: es el paisaje de la impotencia. El paisaje de un tipo postrado que ve cómo se desmorona todo por lo que luchó. Y ahora su lucha se reduce a seguir vivo, nada más.
Lo vio en las noticias: maricones jurando frente a un alcalde. De la mano, frente a un alcalde. Besándose, frente a un alcalde. Un funcionario que debería servir a la Patria y a Dios, ahí, casando a dos hombres. El espectáculo más podrido que puede ofrecer un mundo podrido. Eso lee Iván en los ojos del viejo.
Un mundo en el que a los maricones no se los machaca y a los rojos no se los fusila y los ateos enseñan en escuelas y los sediciosos escupen la bandera española y se cagan en Dios. Un mundo de ratas, de pervertidos, de libertinos irresponsables y de comunistas y de vagos. Y de blandos, también.
Sobre todo de blandos.
Iván mira al viejo que mira televisión y piensa que eso es lo que el viejo piensa. Pero el viejo no dice nada. Por ahí porque cada palabra le cuesta tanto, y se reserva la energía para la pelea. Cada inhalación gesta un poquito más de odio, y ese odio lo alimenta, piensa Iván.
O por ahí no es odio. Por ahí es miedo. Un miedo chirlo y pegajoso, que lo enchastra como una premonición de la tragedia.
Iván lo observa con lentitud y desdén. El viejo no habla. Mira la televisión y gruñe. Un gruñido inconsistente. O más bien la intención de un gruñido que se deshace, pastoso, en la boca del viejo, y en sus manos que presionan débiles la silla y en sus ojos que no saben llorar.
Dios le dio la espalda a él y a tantos como él, piensa Iván que piensa el viejo. Porque en otro momento, Dios estuvo de su lado. En otro momento mandaban los valores; valía más la rectitud que el dinero, la moral que el placer.
El viejo piensa eso, Iván lo sabe, porque el viejo antes hablaba. Antes del último ataque, antes de esta parálisis que lo amarra al piso chiquito y oscuro de Atocha, el viejo gritaba y exigía. Por entonces, a Iván lo arrinconaba la urgencia de buscarse la vida ahí, en una ciudad en la que tenía todavía menos plata que amigos.
Consiguió ese trabajo a través Samuel, el hijo del viejo. Lo conoció en algún bar de Lavapies, alguna noche. Samuel alquila varios cuartos del único piso que logró arañarle al viejo, y así va tirando. Samuel codicia los cinco pisos que el viejo se encanuta en Madrid. Los cinco grandes y luminosos, tan distintos a esa ratonera de Doctor Fourquet donde el viejo eligió sepultarse en vida.
Esa es la lucha del viejo: la misma tenacidad que en su primera juventud lo llevaba a fusilar rojos y a patear maricones, hoy le permite respirar. Cada centímetro cúbico de aire que sus pulmones capturan es un segundo más de vida, y es un poco más de dinero para la Santa Madre Iglesia. Porque ese es el destino de la renta de sus pisos. Es la misma guerra, la prolongación de aquella que encaró durante años con nervio, con entrega, con alegría. Cada bocanada es un garrotazo en los huevos del enemigo. Así apoya a la Sagrada Institución en su lucha contra los amorales: contra las madres que matan a sus hijos dejándoselos arrancar del vientre –rogando que se los arranquen del vientre–; contra los desviados que se besan, con obscenidad y lascivia, a la vista de los niños, en los parques y las plazas. 
El viejo encontró un estoicismo acorde a su destino, piensa Iván. Tras años a su lado ha llegado a conocerlo: lo intuye aún en el silencio asmático de su lucha. Le gusta sentarlo frente al televisor, mostrarle el mundo a través de esa ventana. De hecho, es su rutina. Iván se acomoda junto al aparato –dándole la espalda al aparato– y mira al viejo. Mira sus arrugas tensándose con cada gruñido o intento de gruñido y la presión de sus manos y la lágrima que cae de su ojo derecho y la quijada que aprieta. Iván saborea una revancha tibia, reposada. Porque hombres tan parecidos a ese viejo mataron a sus padres hace tantos años, en Buenos Aires.
A veces, Iván se pregunta si no debería acabar con él. Pero lo necesita para malvivir de su pensión. Solo en Madrid y en España y en cualquier lado, Iván necesita al viejo y la pensión del viejo. Y ese techo. Cuarenta años tiene Iván. Carece de oficio. ¿De qué trabajaría un hombre cómo él? ¿Cómo sobreviviría? 
A veces se pregunta si no lo necesita más de lo que el viejo lo necesita a él. Prefiere responderse que no: que lo une al viejo el deber, no la necesidad.
Pero a pesar del deber y la necesidad, Iván fantasea con apurarle la muerte. Podría posar la palma sobre su cara, piensa. Taparle la nariz, la boca. Sin demasiada fuerza. Sería como una caricia. O lo más parecido a una caricia que ese viejo ha recibido. Tan débil, tan cansado, creparía rápido. Un ataque respiratorio, algo normal a su edad. Qué médico sospecharía que no se trató de una muerte natural.  
Aparte, piensa Iván, no hay nada más natural que la muerte de un viejo.
A veces, el viejo desvía la vista del televisor y encuentra los ojos de Iván. Es como si le leyera la mente. Y, también, como si insinuara una sonrisa. Aunque no, es incapaz de sonreír. Sin embargo, Iván descubre algo en su mirada. Algo más que ese gruñido cuarteado y la respiración trabajosa. Hay un desafío. O tal vez una súplica.
Dios le da la espalda al mundo pero aún lo observa, piensa Iván que piensa el viejo. De lejos, sin meter mano. Como quien mira un paisaje. O la televisión. Dios observa y juzga. El viejo quiere dar la talla: un soldado de Dios y de la Patria pelea hasta el final.
Hasta la última gota de oxígeno, piensa Iván que piensa el viejo.
A esta altura, al viejo, ya no le importa ganar. Lo que no quiere es rendirse. Quiere morir peleando. O por lo menos eso lee Iván en sus ojos, cuando lo buscan furiosos o suplicantes.
Sería tan fácil apurarle la muerte. El viejo no puede resistirse. Y aunque pudiera, no lo haría. Iván sabe que no lo haría. Escenificaría una batalla, sólo eso. Sería una muerte digna, piensa Iván que piensa el viejo, morir en combate, como un buen soldado.
Podría posar la palma sobre su boca o intoxicarlo con sedantes o empujarlo por las escaleras. O decirle la verdad: que su hijo es homosexual y espera ansioso su muerte para vender los pisos y mandar a tomar por culo a la Santa Madre Iglesia. O tal vez así le daría otro motivo para seguir viviendo; ese viejo sería capaz de hacerse inmortal con tal de putear a su hijo, el maricón.
El viejo lo intuye, aunque prefiere hacer como que no. Nunca lo dijo, ni siquiera lo insinuó. Pero Iván está convencido de que el viejo lo intuye: que su único hijo, la única sangre que le sucederá, la única prolongación de su historia, su heredero, es homosexual. Homosexual y ateo y libertino. Comunista no: es demasiado vago, le faltan cojones. Los comunistas están criados en una doctrina contraria a la Sagrada Fe de Cristo. Pero por lo menos tienen doctrina. Hasta un comunista es más respetable que un hijo maricón y ateo y libertino, piensa Iván que piensa el viejo.
Quizá podría mentirle: decirle que aquel trámite que Samuel detuvo a tiempo, al final salió. Que los pisos han sido cedidos a la Iglesia, y Samuel apenas si heredará esa ratonera de Doctor Fourquet.
Sin embargo, piensa Iván, su misión no es darle un bálsamo al viejo. No. Él está ahí para ejecutar una condena. En todo caso, la mejor mentira sería la otra, la opuesta: que Samuel le falsificó la firma para retirar la donación y el dinero de la renta se destina, ahora, a engordar sus costumbres promiscuas.
Sí: así el viejo moriría. Y moriría sabiéndose acorralado. Primero acorralado y después muerto, piensa Iván. La muerte como huída, no como resistencia. 
Se merece ese destino, el viejo. No uno de héroe, sino de cobarde.
Hace semanas que Iván piensa en cómo matarlo. Está harto de su forma de mirar, madurada en la impotencia y el rencor. Está harto de su respiración asmática y de sus gruñidos o intentos de gruñidos que le tensan las arrugas. Está harto de su olor a orines de viejo, a mierda de viejo, a bronca de viejo.
Hace semanas que Iván piensa en cómo cargárselo: desde que Samuel le ofreció buena guita por sacarlo del medio. El viejo está condenado, aunque es testarudo, capaz de aguantar tres, cuatro, diez años más. Y hay un negocio por ahí, le dijo Samuel. Lo dijo con gravedad, con determinación. Y escribió un número en una servilleta. Un buen número, que le alcanzaría a Iván para volver a Buenos Aires y empezar una vida nueva. 
Pero Buenos Aires le es indiferente. Sin familia, sin amigos, le resulta una tierra árida. Aparte, ahora, su lugar es ahí.
Los ojos del viejo vuelven a la pantalla de la televisión. El Gobierno mandó quitar los crucifijos de las escuelas, dicen las noticias. Y una nueva ley pretende remover los símbolos franquistas, explica el presentador. Y en un Estado laico, el Gobierno debe desterrar la religión de las aulas, opina un ministro.
Arrasar con los símbolos patrióticos, piensa Iván que piensa el viejo, a lo que hemos llegado. Un gobierno que asfixia a la Iglesia, qué escándalo. Y de nuevo gruñe o intenta gruñir y las manos presionan la silla y los dientes rechinan. 
Tantas veces, en la intimidad de sus especulaciones, repasó Iván la sensación de acabar con una rata. Se imaginó levantándose, caminando hacia el viejo para posar primero la mano en su mejilla y mirarlo a los ojos y tapar su boca y su nariz. En ninguno de esos simulacros experimentó furia ni odio ni tristeza; apenas una sensación de arropar o ser arropado.
Y después el dinero y la nueva vida.
Pero le cuesta tanto pensar en una nueva vida.
Vio lo de los crucifijos, le dice Iván. El gobierno se caga en Dios, dice. El gobierno que votaron los españoles. Eso tenemos ahora en España: gobiernos elegidos por el pueblo para cagarse en Dios. Dios mira, pero no hace mucho. Por ahí está viejo ese Dios suyo. Viejo y cansado, y apenas si puede gruñir o ni siquiera: sólo intentarlo.
Y después Iván se calla. Un silencio áspero, forzado. Esas palabras alcanzan para que el viejo se encienda y apriete la quijada, como si quisiera reventar los dientes, mientras una lágrima –una sola lágrima– cae de su ojo derecho.
Aunque hay algo distinto en el modo en que tiemblan, ahora, los labios del viejo. Algo nuevo. Un hilo de moco le chorrea y la cara se le desfigura por la rabia.
Iván se levanta. Posa su mano sobre la mejilla del viejo. Lo acaricia con más paciencia que ternura. Le dice cálmese, abuelo, cálmese. No se excite, que le va a hacer mal. Se lo dice con un tono neutro, casi indiferente. Y empuja la silla hasta su cuarto.


Santiago Ambao