20 de abril de 2014

Las historias más breves del mundo

Casi todos han escuchado, alguna vez, el término «microrrelato». Y casi todos han leído alguno. Sin embargo pocos podrían precisar de qué se trata el género. Pero... ¿género? ¿El microrrelato es un género, como el cuento o la novela? Pues a esta altura, ya no quedan dudas de que es así... por supuesto, ha habido, durante años, resistencias para darle ese «rango». Pero más allá de las luchas de clases (literarias), más allá de los intentos de algunos académicos o autores por marginar la narrativa brevísima —o por considerarla un apéndice del cuento sin entidad propia—, los microrrelatos se han ganado un lugar en las editoriales, en las revistas literarias, en las aulas de los talleres y, sobre todo, entre las obras de autores indiscutibles. Si hasta se han realizado ya siete ediciones del Congreso Internacional de Microficción, y la octava tiene fecha: en octubre, en la Universidad de Kentucky.

Pero ¿cómo puede entrar una historia en pocas líneas? Los más atentos al género aseguran que una de las principales claves está en la elipsis: contar sin enunciar, generar el marco adecuado para que el lector reconstruya o complete la obra. El microrrelato necesita, sin duda, de un lector activo. Por eso mismo Andrés Neuman asegura que la brevedad del microrrelato es engañosa. Estas historias microscópicas no se parecen en nada a la comida rápida: necesitan del compromiso del lector, de su tiempo, de su reflexión. No es morder y tragar, sino catar sin prisa. Y ahí está una de las claves del género: en que necesita de un lector protagonista. En este punto, es interesante la analogía que hace Juan Pedro Aparicio —un referente español en materia de micronarrativa— con la astrofísica: de la misma manera en que no es posible entender el universo sin comprender la materia oscura, esa materia invisible que los científicos descubrieron por su efecto sobre lo que sí ven, los buenos microrrelatos necesitan más de lo oculto que de lo expuesto. Ese es uno de sus trucos: saber callar. ¿Acaso no es, este género, condensación de lo que hoy muchos consideramos buena literatura? ¿No valoramos más, hoy, la capacidad de sugerir que la de sentenciar? ¿La de hacer del lector un filósofo que la de filosofar? ¿No prefieren, los buenos autores, un lector cómplice a uno servil?
No falta quien —con un exceso de liviandad— cree que este género es muy de nuestro tiempo porque asocia lo breve con lo fácil o de rápida digestión. Son los mismos que, apurados y con la lengua afuera, aseguran que hoy vamos a todos lados corriendo. Pero atención: lo breve no siempre se abarca rápido. Muchos preferimos pensar al microrrelato como a un género muy de nuestro tiempo porque, cuando se ejecuta con delicadeza y precisión, exige al lector, lo pone en igualdad de condiciones con el autor, lo hace cómplice.
Y si queda alguna duda, acá pueden degustar algunas historias brevísimas de tres referentes del microrrelato argentino. Por favor, paladéelos sin apuro:

Todos los epílogos conducen a uno
Supo que le quedaban minutos, acaso segundos de vida. Rápidamente arrancó la ventana de su sitio, la tendió sobre el piso, abierta de par en par, y se puso a mirarla. Sabía que la Muerte, la gran asaltante, entra siempre por la ventana; por eso deseaba humillarla, tenerla un instante a sus pies cuando apareciera.
Ahí se abrió la puerta.
Eugenio Mandrini

El zumbido y el miedo
Con una mueca feroz, chorreando sangre y baba, el hombre lobo separa las mandíbulas y desnuda sus colmillos amarillos. Un curioso zumbido perfora el aire. El hombre lobo tiene miedo. El dentista también.
Ana María Shua

Felinos
Algo sucede entre el gato y yo. Estaba mirándolo desde mi sillón cuando se puso tenso, irguió las orejas y clavó la vista en un punto muy preciso del ligustro. Yo me concentré en él tanto como él en lo que miraba. De pronto sentí su instinto, un torbellino que me arrasó. Saltamos los dos a la vez. Ahora ha vuelto al mismo lugar de antes, se ha relajado y me echa una mirada lenta como para controlar que todo está bien. Ovillado en mi sillón, aguardo expectante su veredicto. Tengo la boca llena de plumas.

Raúl Brasca