18 de mayo de 2015

La invención de Dios

Hace ya casi diez años, escribí una novela brevísima llamada La última joda de Rinaldi, cuyo espíritu sobrevolaba esa triple frontera en la que el realismo, el absurdo y lo fantástico se miran con más complicidad que sospecha. Me cautivó el género y, con pausas mediadas por otras historias y otros registros, fui volviendo a esos pagos cada dos o tres años. El resultado fue algo así como una trilogía, que se completó con Un milagro al revés y La invención de Dios. Las tres compartían el espíritu exagerado y —espero— humorístico. La tripleta durmió, durante años, en algún estante, hasta que Juan Carlos Cortés fundó la editorial Abducción y me chifló en busca de material. Él había leído Burocracia y, tras contarme sobre su proyecto, me preguntó si tenía alguna novela de ciencia ficción. Claro que tenía alguna —espero escribir pronto un post dedicado a Cuarentena—, pero también tenía este pack que, si bien está alejadísimo de la ciencia ficción, intuí que le podría interesar. El material voló a Santiago de Chile y la respuesta no se demoró demasiado.


Vaya uno a saber por qué azar o designio cósmico, el orden en que saldrán las novelitas será el inverso al de su ideación. Así es como hoy abre camino La invención de Dios, una historia que pretende, antes que nada, entretener y hacer reír y, por ahí si después al lector le parece, reflexionar un poco sobre algunos temas relacionados con la conflictividad social, algunas formas de hacer política y el vínculo entre los hombres y ese Dios escurridizo tan poco afecto a dar la cara. Juan Carlos me dijo que veía en la historia una sátira teológico-política y no sólo me encantó la definición, sino que me costó entender cómo no lo había visto yo antes.

La cuestión es que La invención de Dios salió ya del horno, y pueden conseguirse los primeros ejemplares en papel o versiones digitales a través de la editorial Abducción. Poco a poco irá llegando a Buenos Aires, al resto de Argentina y más. El lector deberá comprender que poner en marcha una editorial es una tarea titánica, sobre todo cuando no se constituye como plataforma de autoedición encubierta —tapadera que protagoniza el panorama editorial de hoy— sino cuando se hace con la verdadera vocación de buscar, descubrir y compartir literatura.